El sitio que habito
El sitio que habito
No lo encontrarás en los mapas ni indicado en señal alguna, no aparece en los navegadores, el sitio que habito corona el acantilado de tus sentimientos y a él se llega de la mano de la Divina Providencia, el Destino y la Buena Fortuna, todos a una.
El sitio que habito es el hogar en el que todos queremos vivir, pero al que solo unos escogidos son invitados: almas enamoradas que se saben una sola cuando están juntas, pedazos de nada cuando malviven separadas.
En el sitio que habito, los pájaros azules de Bukowski vuelan libres, se escucha la Canción de Luna de Rusalka una y otra vez, Horacio y La Maga se encuentran sin buscarse y Van Gogh los pinta de lejos como si estuvieran en el Pont des Arts, arropados por la niebla.
Solo hay lugar para el arte de amar y para todas las artes que lo propician. Las almas encuentran por fin la imagen gemela en el espejo de lo que importa.
En el sitio que habito, los besos son granos de granada, pequeños y dulces, que son desgranados con la más delicada de las ternuras. Se columpian cuello abajo y caen en la excitación de un pezón que clama el nombre del deseo.
Se unen las almas, se pierden en una danza de abrazos que se hacen y se deshacen, y se quedan inmóviles cuando el tiempo pasa por encima de ellas sin perturbarlas.
En el sitio que habito huele siempre a café recién hecho, a libro nuevo, a pinturas, a barro, a sábanas calientes y a piel contra piel, escritas y plenas.


