Frío
Se quedaron dormidos en el sofá. No pasó nada. Se quedaron acurrucados. No pasó nada. Se respetaban demasiado, se querían. No pasó nada. Nunca había hablado con Carme de su orientación sexual, realmente no le importaba demasiado, pero es verdad que le había visto enrollarse con chicos y con chicas, ...y con Laura. Se le hacía raro pensar en su amiga en la cama. No pasa nada.
Pero qué manía con etiquetar. Es Carme.
El llanto de la niñá los despertó, más que lloro era un lamento gatuno sin desesperación, un toque de atención, una llamada. Tengo hambre. Y tengo el culo frío. Llevo pis.
Narciso avisó a Carme zarandeándola con dulzura. La niña. ¿Qué pasa?. Que llora. Ya voy. Me cago en la puta. Laura era la que se levantaba a por ella y me la enchufaba a la teta. Ya voy yo. No, voy yo. Me tengo que ir acostumbrando a no tener ayuda. Y estírate más que se te va a quedar la espalda hecha polvo.
No entraba aún la luz del día, pero se intuía la claridad que quería entrar por la ventana, por la puerta del balcón, imposible coger el sueño. Qué putada más grande ser padre, ¿no? Supongo que no.
Carme trajo a la niña amamantándola, un pañal limpio en una mano, y en la otra, un paquete de toallitas. Siempre caga después de comer, en eso se parece a mi.
Analia De Luca - Desolación
Analia De Luca - Desolación
Hace frío. Es ese tipo de frío que está en el ambiente aunque tengas el cuerpo caliente, es el frío de la desolación, de la noche carente, del día perdido y la esperanza corta. Solo se oye el succionar apresurado de Lucía, el grifo de un vecino, algún despertador temprano, curioso : el vibrar de un móvil.
¿Es el tuyo? No. El mío tampoco. Será de algún vecino que lo tiene apoyado en la mesa y vibra hasta el suelo. Será...
Te diría que te duchases aquí y te fueras al ayuntamiento andando, ya ves... Pero como no quieras que te deje unas bragas... Le doy la vuelta a los slips... No seas guarro... No te preocupes, me pongo los mismos, paso ahora de ir a Horta. ¿Estarás bien? Claro. Nos vestiremos e iremos a casa de la abuela. ¿Estás segura? Sí, sí, los malos tragos contra antes mejor. No te precipites, igual se arrepiente. No, no. No puedo estar con alguien que no esté segura de lo que siente, de lo que hace o de lo que dice. Prefiero estar sola. No lo estás. Lo sé, tengo a mi hija. Me tienes a mi. Tengo una hija y eso es de lo que único que me puedo permitir estar segura ahora mismo.
Cuando Narciso salió de la ducha, el olor a café le reconcilió con el mundo. Carme ya tenía hechas las tostadas, aceite de oliva, pavo, queso fresco, una mandarina, el café con leche con sacarina.
Me voy a venir a desayunar aquí todos los días... Pues por mi... Ya ves, ahora no hay moras en la costa. Rieron, pero seguía haciendo frío...
Si que duerme, ¿no? Es una santa la pobre. La tendré que dejar en casa de mi madre a partir de la semana que viene, al menos un mes o dos, luego buscaré guardería, además tenemos lo del ticket guardería...
Tu padre se va a volver loco. De hecho es él quien se quedará con ella. No sé por qué dices casa de tu madre si ella aún trabaja.
Tienes razón. Es contradictorio, justamente el patriarcado hace que digamos casa de la madre porque suponemos que ella es la que hará las tareas.
Y más contradictorio viniendo de ti, señora todos y todas...
Narciso bajó calle Enric Granados hasta Diputació, giró hacia Balmes que recorrió hasta el final. Aún no había el bullicio de las tiendas abiertas, pero sí el de los oficinistas entrando, la mayoría funcionarios y funcionarias en edificios del centro, abogados y abogadas, administrativos y administrativas, porteros, porteras, camareros y camareras... Por Pelai aún no hay turistas. Casi se puede decir que hace menos frío en la calle que en casa de Carme. Baja las Ramblas rápido y se mete a la izquierda por las calles del Call. Las tiendas de toda la vida, cada vez menos, conviven con tiendas de diseño de moda, joyería y souvenirs. Los letreros de los comercios se han conservado y, viéndolos, es fácil imaginar una realidad paralela. En la sombrerería, hombres probándose los sombreros, tan a la moda. En la sastrería, el dueño tan bien peinado con brillantina y el alfiletero cogido a la muñeca, el metro colgado del cuello, la camisa remangada. En la vaquería, la dueña escanciando la leche en las botellas de cristal, de litro, que limpian dos aprendices dentro, con empeño. En la barbería, enjabonan a un funcionario mientras un limpia da brillo a sus zapatos. Los transeúntes se saludan amistosamente, se preguntan por los hijos, por los padres, por los abuelos, se dan la vez en las tiendas y dejan las bolsas con la compra en el portal. Llegando al despacho, lo único que se oye es el ruido insoportable de las ruedas de las maletas en los adoquines.
En su mesa, encuentra un sobre sepia grande con su nombre en la portada. Deja la chaqueta en la percha y abre el sobre. Dentro hay otro sobre más pequeño, como no. En él, lo que parece ser un recibo, un papel ajado, una especie de albarán en el que en la parte superior izquierda está impreso el nombre de una clínica, Nuestra Señora de Lourdes. Una fecha un poco más abajo, en el lado derecho, 3 de julio de 1965. Un concepto, en el cuerpo del albarán, trámites de adopción. Un importe, en el extremo derecho del concepto, quinientas mil pesetas.
En su mesa, encuentra un sobre sepia grande con su nombre en la portada. Deja la chaqueta en la percha y abre el sobre. Dentro hay otro sobre más pequeño, como no. En él, lo que parece ser un recibo, un papel ajado, una especie de albarán en el que en la parte superior izquierda está impreso el nombre de una clínica, Nuestra Señora de Lourdes. Una fecha un poco más abajo, en el lado derecho, 3 de julio de 1965. Un concepto, en el cuerpo del albarán, trámites de adopción. Un importe, en el extremo derecho del concepto, quinientas mil pesetas.



