"Solo" , una lágrima y Teresa: septiembre


"Solo", una lágrima.




NO PUEDO
MIEDO
DOS
UNO
NADIE
NO HAY AIRE

me libero muero cero
SOLO    u n   h o m b r e    SOLO


   llave          puerta       ventana      persiana

   echada,    cerrada,     callada,      bajada, 


alma     ...     nada





Teresa : septiembre.


El verano de mis 16 pasó como tantos otros: ayudando a madre a lavar la ropa, cargando fardos y saliendo con mi tía y mis primas al caer la tarde. 

Hacía poco que había acabado la guerra. 



La guerra. 



No recuerdo pasar hambre. Muchos hombres dejaron muchas viudas y muchos padres dejaron muchos huérfanos, pero nosotras ya estábamos solas. Y la tía también. Salíamos menos de Horta. Durante un tiempo, había que estar atentas a los bombardeos de la aviación fascista italiana. Si daba tiempo, corríamos al refugio del Palau de les Heures. Cómo se oían los motores, cómo las bombas, lejos, cómo los gritos de las vecinas, cómo las blasfemias de los hombres...




El número de coladas había diezmado en el último año, pero entre todos conseguíamos salir adelante, una gallina de este, un pan de aquel, la huerta de la tía, la solidaridad como sustento. 


Pero eso ya se acabó y el silencio vino para quedarse. Nadie se atrevía a hablar catalán, las asociaciones de trabajadores habían sido prohibidas, muchos hombres desaparecían días y volvían más delgados, pálidos, demacrados y sin ganas de nada, cuando volvían. 

Antonio, un vecino de la calle, que trabajaba en la fábrica de ladrillos, huyó. Antonio cogió una camisa, un trozo de queso, una hogaza de pan y se fue por la carretera de Collserola. Siempre fue de reuniones y sindicatos. Dejó a su mujer y a su hijo Toñito, algún año mayor que yo. Huyó y no volvió nunca.

Decían que todo volvería a ser como antes pero el miedo se podía ver, oler y tocar, en la cara de los obreros, de los maestros, en los pocos puestos del mercado, en el olor a papel quemado, en los cuchicheos en el Ateneu.

Una noche de septiembre, dos guardias fueron a buscar a Toñito y no volvió en dos días. Madre era amiga de la suya y esas dos noches le llevamos cena y nos quedamos con ella. Imposible que dejara su casa...
La segunda noche, lo tiraron de un coche en la Plaça Eivissa, sucio, malherido y maloliente. Dos hombres lo trajeron a su casa en volandas.

Lo habían llevado a un campo de concentración para preguntarle por su padre, allí mismo, en Horta, en lo que tenía que ser la Casa de la Caridad, en construcción, en la montaña, en lo que ahora es el edificio Llevant de los Hogares Mundet. Franco prometió un campo de concentración y allí estaba. La gran mayoría desconoce su existencia, otros la conocen demasiado bien. 





Llevaban allí a rojos y sospechosos de serlo, los interrogaban antes de distribuirlos por las cárceles catalanas. Dormían hacinados y solo les daban agua y una especie de galleta  tan dura que usaban los ladrillos de las obras para partirla.

No era raro comprobar, por la mañana, que el cuerpo que tenías al lado no desprendía ningun calor.

Antoñito no volvió a ser el mismo.

Antes, era un joven delgado, moreno, siempre risueño y travieso. De vuelta del colegio, los chicos nos esperaban en la calle Tajo, al otro lado de la calle, chutaban piedras a ver si nos llegaban, reían y corríamos por el mercado arriba hasta mi casa. Nos seguían, nos refugiábamos en el patio y los veíamos pasar. Antoñito se quedaba atrás, nos mirábamos furtivamente y yo entraba corriendo en casa. Mi Antoñito, el pobre...

No lo volvería a ver hasta mi regreso  después de servir en casa de los Alemany.




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