Jazzalona
Narciso salió de casa de Carme bastante pronto, para lo que era habitual cuando iba a cenar, pero con la niña todo había cambiado. Nada de copas.
Tenía la moto aparcada enfrente pero le apetecía caminar un poco, así que bajó Enric Granados hasta la universidad y torció a la izquierda hasta Balmes. Se quedó parado en la esquina del seminario sin saber qué hacer pero decidió seguir Diputació hasta Rambla Catalunya. Qué señorío el de la Rambla, las viejas fincas regias de la burguesía catalana ahora estaban ocupadas por herederos de los antiguos dueños, profesionales liberales, inmigrantes de primera categoría directivos de empresas extranjeras, y por empresas extranjeras y autóctonas, abogados, notarios y demás resortes del sistema.
Tenía la moto aparcada enfrente pero le apetecía caminar un poco, así que bajó Enric Granados hasta la universidad y torció a la izquierda hasta Balmes. Se quedó parado en la esquina del seminario sin saber qué hacer pero decidió seguir Diputació hasta Rambla Catalunya. Qué señorío el de la Rambla, las viejas fincas regias de la burguesía catalana ahora estaban ocupadas por herederos de los antiguos dueños, profesionales liberales, inmigrantes de primera categoría directivos de empresas extranjeras, y por empresas extranjeras y autóctonas, abogados, notarios y demás resortes del sistema.
Decidió bajar Rambla hasta Ronda Universitat y dejarse caer, a mano derecha, por el Milano, una coctelería con música en directo, a ver quién tocaba, si es que tocaban y qué ambiente había.
Echaba de menos no salir con Carme, al Primavera Sound, al Cruilla, al cine... Narciso nunca fue de muchos amigos. Se podría decir que era amigo de sí mismo y, aunque no se le daban mal las relaciones sociales, la sociedad no iba con él.
Le gustó lo que escuchó, un cuarteto de jazz desgranaba una pieza desacordando la melodía, de forma que cada instrumento se distinguía muy bien entre los demás y todos se unían sin tropezarse. Era "Desafinado" de Antonio Carlos Jobim y Newton Mendonça, una bossanova reconvertida al jazz en los 60. Para ser jazz contemporáneo no estaba mal, así que se sentó en las inconfundibles sofás rojos aterciopelados del local, pidió un gintonic con unas gotas de grosella y se dispuso a escuchar, ni cerca ni lejos.
Qué rabia ser tan equidistante...
Su afición por el jazz se originó leyendo "Rayuela" de Julio Cortázar, envidioso de las reuniones en casa de La Maga con Horacio Oliveira y los demás chicos de El Club de la Serpiente, escuchando jazz y bebiendo mate hasta el amanecer.
Su afición por el jazz se originó leyendo "Rayuela" de Julio Cortázar, envidioso de las reuniones en casa de La Maga con Horacio Oliveira y los demás chicos de El Club de la Serpiente, escuchando jazz y bebiendo mate hasta el amanecer.
El piano sujetaba la melodía al suelo mientras el bajo la hacía revolotear y echar a andar en un ritmo constante. La batería solo apuntalaba el susurro del viento que insuflaba el saxofonista, verdadero protagonista fálico de la pieza, el saxo que te ha de llevar al éxtasis.
Decididamente, la noche estaba arreglándose. La pieza no parecía acabarse nunca, y cada solo hacía que se sintiera menos solo. En la mesa de al lado, una pareja se decía cosas al oído. Un poco más allá, una mujer sola llamó su atención. Tejanos ajustados, sandalias planas, blusa verde botella, de gasa, abrochada con un nudo al cuello que hacía pensar en el efecto de desanudarla y dejar los pechos al descubierto. Juraría que no llevaba sujetador...
Sonrió al notar vibrar el móvil en el pantalón justo cuando algo despertaba...
Era un WhatsApp, hasta los mismísimos de estar siempre pendiente del móvil.
Quima:
- ¿Te gusta el jazz?
Narciso:
- Ya está bien del jueguecito no? No seas cobarde y preséntate.
Quima:
- Aún no.
Poco iba a solucionar mirando a los lados, en la penumbra del local. Poco iba a solucionar levantándose. Conserva la calma. Pensó en la mujer de la mesa de al lado, pero no tenía ningún móvil en la mano .
Narciso:
- Ven a mi mesa.
La blusa verde se había girado y se movía al ritmo de la canción, ese vaivén le estaba volviendo loco y la otra loca le estaba estropeando la noche. Decididamente no llevaba sujetador.
Quima:
- Aquí hay mucho ruido.
Narciso:
-Vete a tomar por culo, déjame en paz. Cuando te salga de ahí me dices lo que quieres de mi.
Había tardado un poco en escribir el último mensaje y el cuarteto hizo un descanso. Ya no le quedaba gintonic y no quería tomarse otro. Decidió tentar a Quima saliendo del Milano.
Subió las escaleras temiendo girar la cabeza, arrancó los primeros pasos como dudando de hacia dónde ir. En Plaça Universitat corrió ante el semáforo en rojo y vio una figura que se quedó al otro lado. No quería decir nada, podía ser cualquiera. Aunque era un día de cada día (qué mal suena escrito, no?), la plaza estaba bastante concurrida. Atravesó Gran Via, la torció en Aribau y en Diputació giró a la derecha, dándole la vuelta a la universidad, sabiendo que por la parte de atrás apenas caminaba nadie y la acera estaba más oscura. Oyó pasos detrás de los suyos. Los quioscos de compra venta de revistas y libros antiguos ya estaban cerrados, así que se escondería entre dos de ellos esperando que pasara Quima.
Efectivamente, los pasos se detuvieron un poco antes de llegar a Narciso, como desconcertados al no verlo. Sabía que era ella. Al instante, vio pasar una figura y sin dudarlo la cogió del brazo. Tal como lo estaba haciendo y, al ver la cara de la otra persona, entendió que la estaba cagando pero bien...
- Qué haces... - le gritó un hombre asustado, alto con barba larga y aspecto de hipster.
Enseguida le soltó el brazo.
- Perdona, te confundí con una... mujer que estaba esperando. -dijo Narciso- .
- Una mujer, Narciso? - y no pudo evitar reirse-.
- Eres la..., el... de los mensajes?
- Sí, y necesito tu ayuda.
Tenía razón Carme, parece que Quima iba a ser Quim.
Narciso:
- Ven a mi mesa.
La blusa verde se había girado y se movía al ritmo de la canción, ese vaivén le estaba volviendo loco y la otra loca le estaba estropeando la noche. Decididamente no llevaba sujetador.
Quima:
- Aquí hay mucho ruido.
Narciso:
-Vete a tomar por culo, déjame en paz. Cuando te salga de ahí me dices lo que quieres de mi.
Había tardado un poco en escribir el último mensaje y el cuarteto hizo un descanso. Ya no le quedaba gintonic y no quería tomarse otro. Decidió tentar a Quima saliendo del Milano.
Subió las escaleras temiendo girar la cabeza, arrancó los primeros pasos como dudando de hacia dónde ir. En Plaça Universitat corrió ante el semáforo en rojo y vio una figura que se quedó al otro lado. No quería decir nada, podía ser cualquiera. Aunque era un día de cada día (qué mal suena escrito, no?), la plaza estaba bastante concurrida. Atravesó Gran Via, la torció en Aribau y en Diputació giró a la derecha, dándole la vuelta a la universidad, sabiendo que por la parte de atrás apenas caminaba nadie y la acera estaba más oscura. Oyó pasos detrás de los suyos. Los quioscos de compra venta de revistas y libros antiguos ya estaban cerrados, así que se escondería entre dos de ellos esperando que pasara Quima.
Efectivamente, los pasos se detuvieron un poco antes de llegar a Narciso, como desconcertados al no verlo. Sabía que era ella. Al instante, vio pasar una figura y sin dudarlo la cogió del brazo. Tal como lo estaba haciendo y, al ver la cara de la otra persona, entendió que la estaba cagando pero bien...
- Qué haces... - le gritó un hombre asustado, alto con barba larga y aspecto de hipster.
Enseguida le soltó el brazo.
- Perdona, te confundí con una... mujer que estaba esperando. -dijo Narciso- .
- Una mujer, Narciso? - y no pudo evitar reirse-.
- Eres la..., el... de los mensajes?
- Sí, y necesito tu ayuda.
Tenía razón Carme, parece que Quima iba a ser Quim.


