En la orilla de Bach

Fotografía:  Brooke DiDonato



Nota del autor:  imprescindible leer el relato corto con la música, con el volumen alto, y muy lentamente. Gracias.





Bach - Keyboard Concerto No.5 in F Minor BWV 1056 II: Largo




Siempre pensó que Bach es Dios porque, en su realidad, es omnipresente.

Al alba, le aparta un mechón de su cabello para poder ver su cara dormida. Su mirada va recorriendo su cuerpo, sus hombros redondeados, un brazo pegado a su costado dejando que sus senos, la escalada a sus caderas, el equilibrio para no caer entre sus glúteos, coronar el otro lado por la cara oculta de Venus y seguir una larga travesía por la línea que forman sus piernas al juntarse, hasta los pies. Caminar entre los huecos de sus dedos culminando cimas imposibles. 

Si has leído muy lentamente, él se levanta cuando el piano descansa un momento.
Tómate tu tiempo. ¿Notas cómo la yema del dedo se posa otra vez en la tecla, blanca, del piano? Es el momento de seguir...





Amanece. Le apetece desperezarse muy lento, incorporarse y que todo caiga en su sitio, caminar desnudo como si temiera cortarse con los cristales de la mañana. Hace frío. Abre la puerta y la brisa del mar sala su barba, cana. Baja uno, baja dos, baja tres escalones de madera, descalzo, libre, y la arena, por fin, cosquillea sus plantas. 
Sus pies caminan hundiéndose solo un poco, cada vez menos y con más dureza al acercarse a la orilla. 
No calienta. El sol aún no calienta y siente como el vello de la piel se eriza a cada paso. No saben aún las olas hacer daño, pasea muy despacio, por no querer despertar al viento.

Solo una sombra, larga, largo. Segundo movimiento.

No importan los pasos, nada los va a contar, nada los mide, solo atienden a la cadencia de la música. Solo sabe que no puede detenerse hasta que no acabe, hasta que Bach no acabe, y que solo en ese instante se detendrá y sus pies inmóviles se hundirán cada vez más en la arena con el devenir de las olas.

Siempre imaginó esta pieza como una danza de encuentro y desencuentro, dos siluetas que se atraen pero apenas se tocan, se repelen en cada no caricia, como si el pizzicato los separara y la continuidad final de la cuerda los acabara uniendo. Se sostienen sin tocarse, no se tocan por no romperse.

Puntea cada nota que sale del piano con los dedos de sus manos en sus muslos, como si lo tocara.


Tiene que ser. Quiere que sea. En otra casa alguien ha salido con la primera nota de la pieza, al unísono,  y recorre la orilla con la misma cadencia y sus pasos se hunden en la misma arena, a su encuentro. Otros dedos puntean otro muslo hasta que el piano deje paso a los violines finales.

Que otro cuerpo desnudo se detenga cuando él se detiene. Que otros pies se hundan a la vez y se toquen. Que los dos se queden frente a frente cuando el piano haya hablado y las cuerdas de los violines los abrace en un deseo donde todo estorba y nada es dicho. 
Y el abrazo será eterno, como Bach.


Dos sombras que son una, largas. Final del movimiento.

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