Realidad confitada



Bach Goldberg Variations - Aria.


Ni en la peor de mis hipocondríacas paranoias lo vi venir. Presumía de estar preparado para casi todo pero esto no entraba en mis planes. ¿Confinado?  Nos creemos dioses, haciendo y deshaciendo a nuestro antojo, desoyendo el ritmo natural de las cosas, transformando los ciclos de la naturaleza en ciclos económicos con crisis indecentes que pongan a cada uno en su sitio: a los más, donde les toca y a los menos, donde siempre.

Resulta que la realidad que habíamos conocido hasta ahora, hoy es una distopía en la que no podemos tocarnos, ni abrazarnos ni casi hablarnos sin una mascarilla de por medio. 
Qué macabra venganza. Una broma del destino. Siglos subyugando a la especie animal como si no perteneciéramos a ella, y hoy un virus de origen animal se ha ocupado de poner a la especie humana en su sitio. Somos huéspedes de un organismo que secuestra nuestras células para reproducirse en ellas sin piedad. Estamos a la merced de los elementos, del calentamiento global, de inundaciones, de flujos migratorios que huyen del desastre, de la desigualdad. 

Así de insignificantes y ruines somos.

Y, al fin, solo en el fin de todas las cosas, como siempre, demasiado tarde, aparece lo mejor de nosotros. Somos capaces de relacionarnos por Skype, trabajar desde casa, estudiar a distancia, compartir los talentos, cumplir con nuestro deber cívico y hacerlo sin pedir nada a cambio. Por fin conocemos al vecino de arriba, de abajo o de los lados, salimos a aplaudir juntos al balcón, le traemos la compra a la señora del ático, cuidamos de nuestros mayores. Por fin los llamamos todos los días, escribimos mensajes de ánimo a amigos y conocidos, empatizamos con su desesperanza, que es la nuestra. Nos pretendemos solidarios en nuestros solitarios tronos.

Y pensamos en la de tonterías que hemos tenido en la cabeza, en cómo echamos de menos una caricia conocida o desconocida, un rayo de sol en un banco de un parque, una pizza en el restaurante, una charla compartiendo un café en una terraza. Dónde quedan ahora los viajes, los egos, las propiedades vacías, las excusas, las perezas, el orgullo y la prepotencia.
Ilustración : Marcos Severi

Lo más preocupante es que, ahí afuera, todo está mejor sin nosotros. Casi no hay contaminación, las playas están limpias, los animales campan tranquilos por sus antiguos dominios, escuchamos cantar a los pájaros en la ciudad y vemos delfines cerca de la costa. Total, que sobramos. 
¿Se habrán dado cuenta los que más tienen de que de nada les sirve? ¿Quién necesita ir a Bali si no podemos ir a la Barceloneta?

Lo más seguro es que nadie llegue a entender, cuando esto acabe, que nos tenemos que adaptar nosotros a los ciclos de la naturaleza y no al revés, que se puede asegurar un sustento optimizando recursos, repartiendo los tiempos de producción y no dejando que la riqueza se acumule. Sorprendentemente, hay recursos, hemos tenido recursos para montar hospitales en pabellones y convertir hoteles en centros de salud en tres días.

Lo más difícil es decidir hacia dónde devenir. Muchas de las posibles soluciones atentarán contra libertades personales y limitarán la movilidad. Algunas las estamos viviendo ya. 

Creo en el término medio, en tener un poco menos para que todos tengamos más, en la justa medida de las cosas y a proporción de nuestras capacidades y esfuerzos. 

Demagogo,  populista, comunista... Soy consciente de que me acabo de instalar en la utopía, pero entre la distopía y la utopía, prefiero ésta última. 

Como en Expediente X, siempre pensé que la realidad estaba ahí fuera. Ahora sé que está dentro de mí y que se afana en subsistir mientras lee a Cortázar y escucha a Bach, el único Dios que existe...




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