Poema "Extrarradio" y blog "Passeig de Gràcia"



Extrarradio



La cocina huele a Cucal.

Una luz tenue amarillea en el salón,
una fuente reseca desespera
tirada en el fregadero, repleto.

El cenicero lleno, la bolsa vacía,
la mirada que no ve más allá
de su propia vergüenza, callada.

La esperanza, rota, magullada
de tanto rodar por el lado inclinado del mundo. 
Colocón.

Una compresa, una fregona huyendo del rellano,
un olor a rancio tan rancio que seca el alma,
abandonada a su suerte, tan mala, tan mala...

Un hedor a toxicidad que vacía las carteras y el cerebro,
aroma a cuscús, cúrcuma, beicon y sanjacobos.

Una pena tan grande que se parte y se reparte
en una macabra y caprichosa ruleta de la fortuna.
Una pena que se escapa entre los dientes, mellados,
olvidados, sucios, picados y ajados, de pura pobreza.

Un olor a porro que echa p'atrás.
Bares que son ágoras mediocres,
ruido, gritos, insultos por palabras,
basura en los parques, desechos, contrahechos,
agravios tempranos, sin respeto, con espeto.

Carne de cañón.

Mientras esa mitad del mundo expira,
la otra mitad la ignora y se ríe, ...y respira.

La cucaracha aún mueve las patitas, panza arriba. 





Passeig de Gràcia


Narciso aparca la moto en la puerta de la casa de Mario Alemany, en pleno Passeig de Gràcia, justo enfrente de la Pedrera, casi con toda seguridad la más artística obra arquitectónica habitable de la ciudad. 

La familia Milà compra en 1905 una torre con jardín que ocupan 1800 metros de terreno cantonero y encarga a Gaudí la construcción del inmueble con la idea de destinar la  primera planta a vivienda del matrimonio Milà y alquilar los demás pisos. Aún a día de hoy hay tres inquilinos. En la calle más popular de Barcelona, los transeúntes no daban crédito a la amalgama de columnas, formas sinuosas y forjas ornamentales que iban cogiendo forma, invadiendo la calzada, denuncia del ayuntamiento incluida.

Algunos periódicos satíricos de la época se mofan de su construcción, otros publicitan los pisos, a Gaudí se le dispara el presupuesto y la familia amenaza con no pagarle, la torpeza mundana se cruza una vez más con el arte, pero el arte acaba imponiéndose como la naturaleza se impone al hombre, a la mínima ocasión. 




Narciso entra en la finca de justo delante, en el número 91, saluda al portero, que le pregunta adónde va. Increíble, pero le impide el paso hasta que Mario Alemany no autoriza al bedel. ¿De verdad es legal que un portero impida el paso a un funcionario público? No te metas en líos Narciso...

El suelo del vestíbulo es de baldosas blancas y negras, grandes, todo mármol. Tres escalones salvan el hall del ascensor, sin rampa alguna... Mal.   
El ascensor conserva las maderas originales, incluido ese banquito tan gracioso y tan bajito que permitía descansar a las señoras mientras subían. Contrasta la pantalla digital con los materiales nobles que la envuelven y, al parar, tiene que abrir las dos compuertas que acceden al rellano. 

Le abre la puerta una mujer hispanoamericana que ronda la cincuentena, que le recoge la cazadora en un armario nada más entrar. 
Pide que le acompañe y atraviesan dos salones amplios, uno tan grande como toda la planta baja de su casa de Horta, otro más pequeño a modo de biblioteca del que sale una puerta que abre y que da paso a un despacho funcional, mesa grande, butaca confortable, que Narciso se sorprende de ver vacía. 

Mario Alemany ocupa un sillón orejero de cuero del que se incorpora conforme lo ve entrar. Le ofrece la mano y le ofrece asiento en un sillón idéntico y emparejado en el espacio al primero. Enfrente, una chimenea de estas modernas, más decorativa que funcional. 

- ¿Funciona? 
- No, qué va. Pero le da calor virtual al despacho, ¿no encuentra? 
- Sí, bonita casa. 
- Gracias, demasiado grande para mi solo. Son 280 metros. 
- ¿No hay señora Alemany? 
- No, ni señora ni señor. 
- Sí, por supuesto, perdona mi indiscreción y mis prejuicios estúpidos. 
- Veo que has decidido que nos tuteemos. Me parece bien, si vamos a trabajar juntos... 
- He venido a escuchar toda la historia y a ver si puedo serte de ayuda. 
- Bien. ¿Quieres tomar algo? ¿Un café? 
- Un poco de agua bastará, gracias. 
- ¿Con gas? ¿Sin gas? ¿Vichy? 
- ¿Tienes carta de aguas? 
Y enseguida intuyó que la ironía había estado fuera de lugar y no le había hecho ni puta gracia a Alemany. 
- En casa hemos sido siempre de Vichy con una rodajita de limón. 
- Que así sea, entonces. 
Narciso pensó que iba a tocar una campanilla o algo así, pero Mario le pidió que le acompañara a la cocina y él mismo sirvió las dos aguas. Qué desilusión... 
Volvieron, vaso en mano, a uno de los salones desde el que se podía ver La Pedrera en todo su esplendor. 
- Esta vista es impagable. 
- No, te equivocas, te aseguro que se puede pagar y mucho. 
- Me imagino. Y con seis ceros... 
- Hoy en día sí. La finca entera perteneció a mi familia y yo heredé esta planta. He oído hablar al portero de tres millones de euros por dos plantas más abajo. 
- Bonita hipoteca. 
- Pues el caso es que ahora cuando digo mi familia, siento un nudo en la boca del estómago y un vacío en el corazón que me gustaría que pudieras apaciguar. 
- No te prometo nada. Pero debes empezar por el principio. 
- No hay principio. El principio empieza en el final de los días de mi madre. Somos una familia burguesa venida a menos, como tantas, con industrias textiles, y toda mi vida pensé que este era mi origen. Antes de morir, mi madre me dijo que sentía haberme mentido. "Siempre has sido nuestro hijo y siempre lo serás, pero no puedo irme de este mundo con una mentira como esa. Dios sabe que lo hice por ti y no me arrepiento de haberte ido a buscar". 

- Ir a buscar..., qué eufemismo, ¿no encuentras?

" Soy un bebé comprado, madre?. -  Eres un bebé deseado como el que más. Y me dio el pañuelo que te entregué y que espero no hayas perdido". 

- No, no. De hecho venía también a devolvértelo. 
- Gracias. 
- ¿Y tu partida de nacimiento? 
- Todo correcto. 
- ¿Ni una foto, ninguna prueba más? 
- No hay nada. Tengo fotos de bebé pero no de mi madre embarazada, claro. Solo te puedo ofrecer el nombre del médico de la familia y la clínica donde se supone que nací o donde fueron a buscarme. 
- No es mucho. 
- Lo sé. 

Narciso sale de la finca como entró, sin mucha cosa más y preguntándose aún por qué debía de aceptar el encargo de averiguar más sobre el nacimiento de Alemany. Baja passeig de Gràcia hasta la casa Batlló, cuya acera abarrotan turistas haciendo cola. Pocos saben que, justo al lado, en los bajos de otro edificio modernista precioso hay una de las mejores chocolaterías de la ciudad, que presenta el chocolate deshecho con tres rebanadas alargadas de pan recién tostado.

No se le ocurre mejor manera de dejar que el crepúsculo caiga sobre Barcelona, un domingo por la tarde.





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