Narciso y Barcelona. Regalo de Quima.
Barcelona despierta perezosa después de una noche fresquita. La luz de la luna aún hace brillar el suelo recién regado de la av. Gaudí con la Sagrada Familia de fondo. Despiertan las Ramblas aún sin turistas, y en la Gran Via, solo se oyen las persianas de los bares abrirse.
Los primeros runners salpican sus Asics con el rocío de Montjuïc, un abuelo loco se baña en el mar de la Barceloneta, se acuesta una prostituta, un quiosquero apila los periódicos, abre el metro y salen los autobuses de las cocheras. Un ejército pacífico pone la ciudad en marcha mientras todos duermen.
Si miras un bloque de pisos durante un momento, las ventanas empiezan a iluminarse confeccionando un tetris de rutina y hastío. En las casas, un beso furtivo, el ruido de la alcachofa de la ducha, del desagüe, y el vibrar de la Nespresso en el mármol de la cocina.
La ciudad huele a café y a cruasán recién hecho.
Barcelona tiene nombre de mujer, decidida y autónoma . Es una y es todas.
Es la joven atrevida que llena las salas de conciertos, y la estudiante que va a los museos. Es la millennial que va a los sitios de moda donde sirven hamburguesas de avestruz y cerveza artesana.
Es la madre que lleva a los niños al parque, al Tibidabo, al zoo y a los teatros infantiles. Es la de mediana edad que pasea Diagonal arriba Diagonal abajo contrayendo las cartucheras. Es la del cabello cano que saca entradas para el Liceu y se apunta a todos los talleres en los centros cívicos.
Barcelona es una gran madame que te cobra por sus besos, de las que no se acuestan con cualquiera y te obliga primero a lavarte los bajos.
Los bajos fondos de una ciudad son el reflejo de un espejo que nunca proyecta la imagen que refleja. El pecado de la sociedad capitalista proyecta lo peor de nuestra imagen. Si puedes escoger el lado del espejo, perfecto. Del otro lado, mendigos, manteros, carteristas y camellos en narcopisos intentan abrirse paso en la jungla del asfalto.
Barcelona huele a mar al lado del mar y a montaña al lado de Collserola. Huele a viejo y a nuevo, a rico y a pobre. En ella se da lo uno y su contrario y todo es bueno y es válido. Es tolerante.
La mañana en la ciudad es una persona que trabaja, va y viene y no sabe adónde va, ni si viene de algún sitio, pero no para. La mañana es trabajo y es como si no nos perteneciera, es de Hacienda, del seguro y de la hipoteca. Que pase rápido y sin muchos sobresaltos.
La tarde en la ciudad es el mejor momento para Narciso, es como un cuerpo desnudo en la playa que se queda traspuesto a la hora de la siesta. Los últimos rayos de sol moldean sus curvas, empieza a respirar más despacio y, al salir de trabajar, las terrazas se llenan de almas a la busca de purgatorios donde morar un tiempo, camino del cielo o del infierno.

Javier Mariscal
Cuando Narciso sale del trabajo, a menudo se va a dar una vuelta, o directamente se sienta en un banco delante de un parque infantil, detras del ayuntamiento, al lado del despacho, en la Plaça de Sant Miquel.
El hecho de observar la realidad le ha supuesto siempre un placer íntimo y secreto, a modo de hombre invisible, voyeur empedernido que nadie tiene en cuenta.
Los niños acaban de salir del colegio y concurren al abrazo de los columpios y toboganes.
Siempre le sorprende lo variopinto de la fauna urbana que cuida de sus cachorros.
Están las parejas jóvenes que van de progres con una abultada cuenta corriente, que han reformado un loft, un estudio o un cuchitril en la zona y que, por supuesto, no tienen televisión. En la mano aguantan una pequeña fiambrera de la Peppa Pig con fruta cortadita, medio oxidada, que el niño picotea entre columpio y columpio. Gustan de que sus hijos jueguen con niños de otras etnias, a cuyas madres sonríen con condescendencia.
Las madres magrebíes solo hablan entre ellas en pequeños corrillos, nunca se mezclan con los demás padres, atentas a que sus pequeños no molesten a otros niños, temerosas de que cuando lo hagan, los nuevos pijos les sonrían como diciendo: "no pasa nada, somos tolerantes y abiertos", pero Pol, di adiós a tus amiguitos que nos tenemos que ir.
El niño sólo se irá si le empotran el móvil por delante con sus dibujos preferidos, eso sí, en inglés, of course.
Luego están los abuelos que han ido a buscar a sus nietos al colegio. Les llevan la merienda, "nada de dulces mamá, un bocadillito", pero la abuela esconde en el bolsillo del abrigo unos donettes de chocolate que dosifica a discreción teniendo mucho cuidado de pasarles después una toallita por la boca y las manos. "No sé tu hija por qué dice que no le gusta a la niña el jamón serrano, el bocadillo que le hago yo se lo come de maravilla". El abuelo intenta calcular el tiempo que tiene entre que la mayor se descalabre cabeza abajo y poder agarrar al pequeño por detrás para que no suba las escaleras del tobogán solo. Nunca deja de sonreir a ambos, que se le tiran a las piernas cada vez que lo ven... después, cuatro manitas registran los bolsillos del abrigo de la abuela.
Salir a las Ramblas no es una opción, riadas de turistas arrastran sus maletas con un ruidoso tatatatá entre las baldosas de la acera. Barcelona no se pensó para las ruedas de las maletas.
Con tanto ruido, no escucha el móvil, que tiene 5 mensajes de 2 conversaciones.
1. Carme : vente a cenar esta noche y me cuentas. 16:42
2. ¿pudiste tramitar la plaza de Teresa?. 16:45
3. ni se te ocurra traer vino, que estoy dando el pecho... 16:50
4. quieres mirar el móvil de una puñetera vez? 16:59
5. Quima : "Hay un árbol rendido en la Plaça de Blanquerna. Pero yo no me rindo. Ven a buscarme." 17:36
Narciso no se lo piensa y abre el maps. La Plaça de Blanquerna está en un lateral del Museu Marítim por la calle Portal de Santa Madrona. Al final, tiene que bajar las Ramblas hasta casi Colón, torcer a mano derecha por la boca del metro de Drassanes y enseguida llega.
En la plaza solo hay dos turistas haciéndose fotos y una pareja de jubilados en un banco. No parece una plaza, hace el vértice entre una entrada a las antiguas atarazanas y lo que sería una pequeña dependencia de las mismas.
Es verdad que hay dos árboles ancianos, de los que tendrían que tener voz para contarnos lo que ha visto su corteza, una voz mayor y experta, como la del árbol de Pocahontas.
Uno de los dos árboles se tiende a la derecha, o a la izquierda, si lo miras desde el otro lado. El otro está recto y erecto. Un árbol rendido al paso del tiempo. "Yo no me rindo". Dan ganas de dejarse mecer por sus hojas y cobijarse en su sombra.
Narciso avanza hacia el árbol como si al otro lado de su gran tronco le estuviera esperando alguien. Pero no hay nadie. Y mira el móvil pero no hay nada. Y mira al suelo, y entre dos raíces salidas descubre una cajita de cartón con su tapa, cuadrada, como las de los chinos.
Mira alrededor pero nadie le observa. Coje la caja como si contuviera una bomba.
La abre como si le fuera a saltar una serpiente, pero lo que le asalta es una duda:
¿Quién es Quima y qué es ese trozo de tela?







